¡ GRACIAS POR SU VISITA !


20-12-2020

LA TIERRA NO PERTENECE AL HOMBRE, SINO QUE EL HOMBRE PERTENECE A LA TIERRA

El presidente de los EE.UU., Franklin Pierce, envía en 1854 una oferta al jefe Seattle, de la tribu Suwamish, para comprarle los territorios del noroeste de los EE.UU. que hoy forman el Estado de Wáshington. A cambio, promete crear una “reserva” para el pueblo indígena. El jefe Seattle responde en 1855.


El Gran Jefe de Washington manda decir que quiere comprar nuestras tierras… ¿Cómo se puede comprar o vender el cielo, el calor de la tierra? Esta idea nos parece extraña. No somos dueños de la frescura del aire ni del espejo del agua. ¿Cómo podrían ser comprados a nosotros? Habéis de saber que cada partícula de esta tierra es sagrada para mi pueblo. Cada hoja centelleante, cada playa arenosa, cada neblina en el bosque, cada claro y cada insecto con su zumbido, son sagrados en la memoria de mi pueblo.


Los muertos del hombre blanco, cuando se van a caminar por las estrellas, se olvidan de su tierra natal. Nuestros muertos jamás olvidan esta hermosa tierra porque ella es la madre del hombre de piel roja. Somos parte de la tierra y ella es parte de nosotros. Por eso, cuando el Gran Jefe de Washington manda decir que quiere comprar nuestras tierras, es mucho lo que pide. Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestra manera de ser. Trata a su madre, la tierra y a su hermano, el cielo, como si fueran las cosas que se pueden comprar, saquear y vender. Su insaciable apetito devorará la tierra y dejará tras sí solo un desierto. Nuestra manera de ser es diferente.


La vida de vuestras ciudades hace doler los ojos al hombre de piel roja. Pero quizás sea así como el hombre de piel roja es un salvaje y no comprende. No hay ningún lugar tranquilo en las ciudades del hombre blanco, ningún lugar donde se pueda escuchar al desplegarse de las hojas en primavera o el rozar de las alas de un insecto.


El ruido de la ciudad parece insultar los oídos. Los indios preferimos el suave sonido del viento que acaricia la faz del lago y el olor del aire, purificado por la lluvia o perfumado por la fragancia de los pinos. El aire es algo precioso para el hombre de piel roja porque todas las cosas comparten el mismo aliento, el árbol y el hombre.


La tierra es nuestra madre. Todo lo que afecta a la tierra afecta a los hijos de la tierra. En esto creemos: LA TIERRA NO PERTENECE AL HOMBRE, SINO QUE EL HOMBRE PERTENECE A LA TIERRA. El hombre no ha tejido la red de la vida, es sólo una hebra de ella. Todo lo que haga a la red se lo hará a sí mismo. Si contamináis vuestra cama, moriréis alguna noche sofocados por vuestros propios desperdicios. Tal destino es un misterio para nosotros porque no comprendemos lo que será cuando los búfalos hayan sido exterminados, cuando los caballos salvajes hayan sido domados, cuando los recónditos rincones de los bosques exhalen el olor de muchos hombres y cuando la vista hacia las verdes colinas esté cerrada por un enjambre de alambres parlantes. ¿Dónde está el espeso bosque? Desapareció. ¿Dónde está el águila? Desapareció. Así termina la vida y comienza el sobrevivir.


Nosotros tal vez lo entenderíamos si supiéramos lo que el hombre blanco sueña, qué esperanzas les describe a sus niños en las noches largas del invierno, con qué visiones le queman su mente para que ellos puedan desear el mañana. Pero nosotros somos salvajes. Los sueños del hombre blanco están ocultos para nosotros, y porque están escondidos, nosotros iremos por nuestro propio camino. Si nosotros aceptamos, será para asegurar la reserva que nos han prometido. Allí tal vez podamos vivir los pocos días que nos quedan, como es nuestro deseo. Cuando el último piel roja haya desaparecido de la tierra y su memoria sea solamente la sombra de una nube cruzando la pradera, estas costas y estas praderas aún contendrán los espíritus de mi gente; porque ellos aman esta tierra como el recién nacido ama el latido del corazón de su madre. Si nosotros vendemos a ustedes nuestra tierra, ámenla como nosotros la hemos amado. Cuídenla, como nosotros la hemos cuidado. Retengan en sus mentes la memoria de la tierra tal y como se la entregamos. Y con todas sus fuerzas, con todas sus ganas, consérvenla para sus hijos, ámenla así como Dios nos ama a todos. Una cosa sabemos: nuestro Dios es el mismo Dios de ustedes, esta tierra es preciosa para él. Y el hombre blanco no puede estar excluido de un destino común.